Calidad televisiva: por imperativo legal

Todo el mundo sabe de televisión. Todos tenemos un criterio de selección de lo que merece o no nuestra atención. Si nuestro papel es el de usuarios del medio nos expresamos pulsando los botones del mando. Si nos consideramos espectadores exigentes despreciamos los contenidos cocinados con ingredientes de banalidad. Puede que demos un paso más para mirar con curiosidad el cuadro de honor de los múltiples premios de revistas y academias. Los hay que viven de opinar sobre el audiovisual: son los críticos y de ellos solemos esperar que sus fobias o filias se acerquen total a parcialmente a nuestros gustos, para adoptar el suyo como criterio de autoridad. Un escalón mas arriba encontramos a los profesionales del medio televisivo. Sus opiniones deberían ser ya palabras mayores, puesto que conocen la industria desde dentro y disponen de la información y formación que les permite emitir juicios de interés. Muchos lo hacen indicándonos el camino, pero resulta que la relación con su contratador no se establece en términos de igualdad por lo que, a menudo, el profesional, sobre todo si ocupa un lugar destacado en el escalafón, asume el punto de vista de la empresa. Si además su cometido es precisamente la valoración de la idoneidad de un producto audiovisual, te reconocerá que, tras consultar cada mañana los resultados de audiencia, su interés se limita a ver si “funciona o no funciona”. Y por último llegamos a la cúspide del edificio, donde espectadores, críticos, creadores, empleados, programación, etc. no tienen entidad si no se reflejan en la cuenta de resultados. La economía política de la comunicación nos ha enseñado cuales son las prioridades de los dueños del tinglado.

Con tanto experto en televisión no debería ser complicado emitir un juicio sobre la calidad de los programas. Y sin embargo si comparamos la crítica de televisión con la de su ancestro audiovisual, el cine, descubrimos que algo falla. Sobre el cine hay toda una tradición de valoración que ha ido estableciendo jerarquías, estándares, ortodoxias y heterodoxias, consagrados y malditos…

¿Qué diferencia al cine de la televisión para que sea tan difícil medir su calidad? La esencia de su discurso. A pesar de la variedad de géneros, escuelas y tradiciones, el lenguaje cinematográfico es homogéneo. Por contra el relato televisivo es fragmentario, disperso, cambiante… heterogéneo. Si contemplamos únicamente el macrogénero de ficción parecería que podríamos hacer valer la tradición de la crítica cinematográfica. Pero aún aquí estamos hablando de lenguajes diferentes en su propia lógica y, sobre todo, en relación con el territorio discursivo en que se insertan: la parrilla de programación.

Y si nos fijamos en otros macrogéneros, -información, entretenimiento- la mutabilidad aumenta en relación directa con la propensión a la hibridación entre formatos. El catálogo de anglicismos del argot televisivo ilustra este fenómeno: docusoap, docucomedy, reality-show, reality game, talk show, info show, etc.

Seguro que en este preciso momento equipos de creadores están inventando un nuevo formato híbrido.

Con todo ello cabe preguntarse ¿es pertinente indagar en la calidad?

Desde que en los años 80 se inició el camino de la desregulación de la televisión en España, primero con la aparición de las televisiones públicas autonómicas, a continuación con las tres primeras televisiones privadas (una de ellas de pago), luego con las dos nuevas concesiones en abierto, el cable y las primeras digitales y finalmente con el definitivo encendido de la televisión digital terrestre, hasta llegar a la situación actual regulada por la nueva Ley (7/2010) General de la Comunicación Audiovisual; cada nueva etapa se ha anunciado como un avance hacia una mayor calidad. Sin embargo la experiencia nos demuestra que la ganancia en cantidad no ha venido acompañada del correspondiente aumento de la calidad. Los condicionantes estructurales -la lógica económica capitalista- y políticos -las sucesivas victorias de los lobbis mediáticos- lo han impedido.

La aspiración a contenidos de calidad no es un empeño idealista. Es la exigencia de ciudadanos activos, no opinión pública pasiva, sujetos de derechos. Es una condición sine qua non para la vigencia de las cadenas públicas y privadas. Tanto las directivas europeas como las normas nacionales, siguen atribuyendo a la televisión la misión de informar, formar y distraer. En todas ellas se establece un mandato para una televisión de calidad. Es decir que respete la pluralidad política y la diversidad social; no dé cobijo a los que alientan la violencia, el odio o la discriminación por razones de sexo, creencia, ideología, origen o raza; y apueste por una producción independiente que fortalezca la industria propia.

La calidad es por tanto un imperativo legal y además una exigencia de salud democrática. Porque la democracia se resiente si uno de los más poderosos instrumentos de comunicación escapa a su control. Pero desgraciadamente el instrumento independiente que debería velar por ello, el Consejo Estatal de Medios Audiovisuales, para actuar de oficio o instado por los ciudadanos a poner freno a las prácticas televisivas que se situan fuera de la ley, si está ni, después del 20N, se le espera.

En conclusión, nos compete como ciudadanía televisiva afinar el criterio y constituirnos en permanentes observatorios personales de los contenidos de calidad.

PD: Que la TVE ha conseguido notables niveles de calidad en los últimos años es un lugar común. El nuevo gobierno lo ha reconocido propinando un hachazo de 200 millones en su presupuesto.

Acerca de vicentgregori

Creativo publicitario y diseñador gráfico. Me interesan proyectos de diseño y creatividad; de formación de nuevos profesionales y de divulgación del diseño
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